Historia Moderna

EL PORQUE DEL CONCILIO DE TRENTO

Manuel Jesús Rodríguez Mora

El Concilio de Trento hay que englobarlo dentro de un contexto histórico de profundos cambios sociales, políticos y religiosos. A principios del siglo XVI, existía un clamor general para que se acometieran profundas reformas en la Iglesia Católica. Se pretendía poner fin a los abusos y el perfeccionamiento de la vida cristiana por medio de la vuelta a una doctrina primitiva. Tales abusos morales y eclesiales comenzaban en las parroquias rurales donde el clero carecía de preparación suficiente para adoctrinar a sus feligreses, no siendo capaz de atender sus inquietudes espirituales más profundas. Su función se limitaba a la administración de una serie de ritos. Muchos regulares no seguían las reglas de sus órdenes faltando a la vida comunitaria de pobreza, obediencia y castidad. En lo que respecta a los obispos, muchos de ellos se ausentaban de las diócesis a su cargo, centrando sus esfuerzos en acumular riquezas, e inmiscuyéndose en luchas políticas. Y de todo esto no se salvaba ni el propio Papa, cuya figura había perdido toda autoridad, y se encontraba frecuentemente inmerso en escándalos de todo tipo. Estos estaban más preocupados por la defensa de sus estados y por las bellas artes, que por las cuestiones meramente religiosas.

La sociedad reclamaba una religiosidad más auténtica. La piedad popular bajo medieval exageraba hasta el extremo los sentimientos de culpabilidad ante el pecado, de indefensión ante el demonio y el mal, y de temor ante la inflexible justicia de Dios. El miedo, conjurado con ritos cristianos pero vividos, desde una religiosidad  natural, daba lugar a comportamientos más paganos que evangélicos.

La excitabilidad ante ciertos profetismos apocalípticos, visiones y milagros: las manifestaciones trágicas de piedad (Vía Crucis, Crucifijos); el temor al Purgatorio y al Infierno que pretendían evitar con una devoción desordenada a todo tipo de reliquias, con la intercesión especializada de los santos, mediante indulgencias y ritos penitenciales (procesiones y romerías), todo ello favorecía los abusos. Aprovechando esta demanda popular de seguridad espiritual, se establecieron negocios ilícitos, por ejemplo, indulgencias, y actitudes supersticiosas. Los humanistas pondrían el grito en el cielo ante todas estas prácticas de religiosidad popular.

En ciertos ambientes urbanos, la burguesía culta y acomodada arraigo la “devotio moderna”. Ciertas instituciones religiosas, contribuyeron a difundir una piedad más directa y comunitaria, la cual no estaba subordinada a mediaciones eclesiales y moldes litúrgicos. Todo giraba entorno a la figura de Cristo, era optimista en cuanto a las posibilidades del hombre en el mundo, y se apoyaba en la lectura de la Biblia y de libros de piedad. El desarrollo de la imprenta facilitó la difusión de la Biblia, tanto en lengua latina como en lengua vernácula.

Las propuestas de personajes como Lutero se realizaron porque cuajaron en un medio social y político que se intereso por sus aplicaciones prácticas. El desarrollo alcanzado en esta época por las nuevas fuerzas económicas (capitalismo) y sociales (burguesía), determinaron cambios en el orden ideológico (religión).

Además de Lutero, surgieron otros reformadores como Zwinglio y Calvino, que pretendían realizar cambios, ya que consideraban que era necesario volver a la auténtica enseñanza de Jesucristo, y rectificar ciertos errores cometidos por el papado, que había ido realizando cambios que nada tenían que ver con el evangelio.

La implantación de la Reforma en un territorio conllevaba cambios de poder y riquezas. La supresión de ordenes religiosas (conventos y monasterios), que acompañaba a la reforma, supuso un trasvase de muchos bienes y rentas, que pasaron a ser gestionados por otras manos. No es de extrañar que príncipes y nobles, pretendieran enriquecerse y, de paso, aumentar su poder controlando la nueva iglesia. El patriciado urbano adquirió el control de las antiguas instituciones asistenciales y educativas de iniciativa privada. El poder de las autoridades seculares sobre las diversas iglesias aumento, aunque de formas distintas en el ámbito católico y protestante.



Todas estas causas llevaron a que se clamara con urgencia por la celebración de un concilio que sanara los males de la Iglesia Católica. La actitud de la potencias de la época era ambigua: Francisco I no mostró mucho interés, Enrique VIII entro en conflicto con el Pontificado, los protestantes sólo aceptaban un concilio que no estuviera dominado por el Papa. Únicamente Carlos V, fue el único que incitó que a su celebración, dado que los movimientos protestantes estaban poniendo en peligro la unidad su imperio y de la cristiandad, de la que se había declarado defensor. Tras algunos intentos fallidos  por celebrar ese tan deseado concilio, al fin Paulo III se decidió a convocar el XIX concilió ecuménico en 1542, aunque las circunstancias políticas retrasaron su reapertura hasta 1545. Concretamente el 13 de diciembre de 1545 en la ciudad de Trento, ciudad del imperio pero en la vertiente latina de los Alpes, comenzaron las sesiones de trabajo del que sería el concilio de más importante calado de la Iglesia Católica.



Este se llevaría acabo durante tres fases discontinuas, bajo tres pontificados distintos:

·  Paulo III (1545-1549)
·  Julio III (1551-1552)
·  Pío IV (1562-1563)

Este concilio llevaría a una reafirmación de la doctrina seguidas por la Iglesia Católica frente a los movimientos protestantes, y propicio cambios en cuanto a su organización interna. El concilio abarcó una gran variedad de temas relacionados con las cuestiones doctrinales y la reforma eclesiástica. Las decisiones más importantes a la que se llegó, fueron las siguientes:

1.                   Se determinó a las Sagradas Escrituras como fuente principal, pero interpretada en concordancia con el magisterio de la Iglesia y con la tradición. Se ratifica la versión latina de la Biblia según San Jerónimo, la “Vulgata”, aunque se impulse una edición corregida.

2.                  La gracia es concebida libremente por Dios, pero el hombre no es sujeto pasivo, y debe cooperar su salvación con obras.

3.                  Los sacramentos son siete, son signos de Cristo y no de la Iglesia, y otorga la gracia en si mismos, no según la fe de quien los recibe. La Eucaristía fue exaltada, como renovación del sacrificio de Cristo, como presencia real de su cuerpo y sangre.

4.                  El obispo debía ser un hombre de ciencia, canonista o teólogo, para servir como maestro y pastor de la iglesia local. Esto le obligaba a residir en su diócesis, a visitarla constantemente, a predicar y enseñar, a promover la formación intelectual y moral del clero, y a introducir las reformas mediante concilios provinciales y sínodos diocesanos.

5.                  En cuanto al clero secular, se reafirma el celibato obligatorio, se dignifica el aspecto exterior (tonsura y vestiduras que los distingan) y se le encomienda como colaborador del obispo, la cura pastoral en parroquias. El párroco enseñara las oraciones y la doctrina en la predicación dominical y en la catequesis de los niños; controlara la administración de los sacramentos mediante registros parroquiales, y vigilará el cumplimiento de los mandamientos de la Iglesia (confesión y comunión anual). Para ello debería recibir una educación moral e intelectual: el Concilio determinó que se establecieran seminarios en cada diócesis.

6.                  Se impulsaron las cofradías populares devocionales centradas en el rezo del rosario, la caridad con los enfermos, la oración con los difuntos, la celebración de los misterios y las fiestas de fe como las de la Semana Santa etc. Las procesiones se convirtieron en reafirmaciones colectivas y públicas de fe: la devoción a la Virgen y a los santos y, sobre todo,  del sacramento de la eucaristía en el Corpus Christi. El reconocimiento de ciertos milagros, y muy especialmente, la canonización de nuevos santos, supervisada desde Roma, animo a la fe del pueblo, al que se instruyo mediante la catequesis. Los templos católicos se llenaron de crucifijos, vírgenes y santos, expresiones de la devoción popular. Las vestiduras y los vasos e instrumentos litúrgicos se renovaron, enriquecidos con oro, plato, sedras y pedrería, signo de magnificencia de los sacramentos. También se cuido la excelencia de la música sacra, la polifonía coral y el órgano, pero como espectáculo sin participación popular.

7.                  La Biblia permaneció inaccesible al pueblo llano: la liturgia se realizaba en latín, y sólo la mediación del clero en los sermones la acercaba.



La aplicación de las decisiones tomadas en el Concilio de Trento en los distintos territorios de la Europa Católica, se realizó según las distintas circunstancias nacionales. Felipe II aceptó los decretos tridentinos pero sin perjuicio de los derechos reales; utilizó los recursos del patronato regio sobre el episcopado par supervisar su aplicación en los concilios provinciales y sínodos diocesanos. Las guerras religiosas impidieron su aceptación formal en Francia, aunque se admitieron como un acuerdo de la Junta del clero en 1615.  En el Imperio, las reformas se aplicaron tarde, a principios del siglo XVII, más por el apoyo personal de los príncipes de Baviera y de Austria. Pero fueron los grandes pontífices posconcilio quienes hicieron de Roma, la cabeza de la catolicidad y no solo la sede del papado. Allí enseñaron los mejores teólogos, se fundaron seminarios específicos para los países de la recatolización. Los nuncios, además de representantes diplomáticos, impulsaron las reformas y la administración eclesiástica en los distintos países. Los obispos fueron obligados a informar en Roma sobre la vida eclesiástica de sus diócesis en periódicas visitas. En 1588 se crearon 15 congregaciones permanentes, con competencias definidas, nueve de ellas para el gobierno de la Iglesia universal (Inquisición, Concilio, Obispos…) con lo  que se reforzaba el control romano.



El Concilio Trento supuso un antes y un después en la Iglesia Católica. A pesar de haber fracasado en su intento de aunar a la cristiandad bajo un mismo estandarte, consiguió la reafirmación de su posición en los territorios que les permanecieron fieles. Cierto es que los diversos movimientos protestante, arrancarían del control del papado grandes territorios de Europa, y que no se volverían a recuperar ni tan si quiera con las fuerzas de las armas, ya que las guerras de religión asolarían Europa durante todo el siglo XVI y no tendrían fin hasta la mitad del siglo siguiente. El mundo cristiano quedaría irremediablemente dividido, y todo el territorio perdido se intentaría compensar meditante la evangelización del Nuevo Mundo, por medio de misioneros que proporcionaron al mundo católico nuevas almas que albergar en su seno., El Concilio sirvió para marcar las señas de identidad de la Iglesia Católica y le indicó un camino a seguir, el cual ha perdurado hasta nuestros días.

Bibliografía

FLORISTAN, A. (2002): Historia Moderna Universal, Barcelona.
DOMINQUEZ ORTÍZ, A. (1989): Historia Moderna Universal, Barcelona







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POBRES Y MARGINADOS EN LA EDAD MODERNA
                                                    
        Aguas Santas Barrada Rodríguez

Los pobres



El en Antiguo Régimen el tema de la pobreza va en función del estatus social del individuo y de sus recursos económicos. Por tanto, podemos encontrar a gente que perteneciendo al estamento privilegiado, como por ejemplo un hidalgo, son tratados como miembros del tercer estado. Concretar la categoría de pobre parece bastante complicado porque exceptuando la élite política económica y social, el resto de grupos sociales podía caer en la pobreza.

Hay que tener en cuenta que la base económica del Antiguo Régimen era la agricultura y que esta se hallaba sujeta a los fenómenos climatológicos y muchas veces  por sequía o por demasiadas lluvias se perdían las cosechas y eran  más pobre, con lo cual  se pasaba hambre y penurias, ya que no había una producción sostenida. La agricultura tenía también otros enemigos como eran las plagas y entre ellas la plaga de langosta que eran bastantes habituales. Por eso, quizá el pobre estaba integrado en la sociedad, porque cualquiera podía ser pobre y eran respetados por la Iglesia y por los demás individuos de la sociedad. El pobre era aceptado socialmente, además tenía una función social, ya que a cambio de una limosna rezaba por el alma del que se la diera.



Hay que señalar que el ejercicio de la mendicidad encontró un clima propicio  durante los siglos XVI-XVII,  ya que la comunidad franciscana fomentó la práctica de dar limosnas, indicando que no era necesario comprobar si realmente el que practicaba la mendicidad lo necesitaba verdaderamente. Otro elemento que influyó mucho en la práctica de la mendicidad fueron los conventos que ofrecían una alimentación diaria a todo aquél que lo necesitaba, era lo que se llamaba “la sopa boba”. Todo esto favorecía el ejercicio de la mendicidad, las Cortes y municipios lo criticaban, ya que en vez de beneficiar, el dar limosnas de forma indiscriminada por los franciscanos, perjudicaba a la sociedad.

Las políticas de los ilustrados trataron de controlar la mendicidad como profesión  y a los vagos ya que vieron que cada vez aumentaba más el número de mendigos y el de gente que vivía de la “sopa boba”.




Para ello elaboraron una abundante normativa para los vagos y los llamados mal entretenidos, además de esta normativa, crearon instrumentos para hacer más efectiva la persecución de la vagancia: crearon los “hospicios carcelarios” donde recogían a estos pobres privándolos de libertad. También como fruto de la persecución de los vagos se efectuaron levas para que trabajaran en el ejército o bien reparando barcos.

La mendicidad creció mucho  en el siglo XVI  debido también al éxodo rural, ya que esta gente que venía del campo muchas veces no encontraba trabajo y pasaban verdaderas penurias.

Los delincuentes o presos 
El incumplimiento de la justicia no afectaba por igual a todos los delincuentes ya que el sistema judicial del A. Régimen  estaba creado para los grupos sociales populares que generalmente hacían pequeños delitos, por los que eran castigados con duras penas, un  ejemplo de ello era la pena de galera que podía llevar al sentenciado hasta la muerte. Sin embargo, cuando estos delitos eran realizados por los nobles, no eran castigados de la misma forma, y en el caso, por ejemplo de un homicidio, cuando el fallecido  era de estrato más bajo el castigo o pena que debía de cumplir el noble era más bien simbólico. En muchos casos, los miembros de los grupos sociales populares eran enviados a galeras, ya que la Armada Española estaba en el Mediterráneo enfrentada con los musulmanes y piratas del norte de África y necesitaban de remeros. Los que no iban a galera se enviaban a prisiones del norte de áfrica, prisiones que eran mucho más duras que las cárceles nacionales, aunque en la península también pasaban por situaciones de verdadera necesidad, ya que el propio hecho de ingresar en prisión suponía la pobreza de sus familias que dejaban de obtener el sueldo del que estaba preso.  Por todo esto, estos presos no recibían ayuda alimenticia de sus familiares y la única ayuda que recibirán sería la caridad humana. Había algunos patronatos píos que dedicaban parte de sus rentas a “la caridad de los pobres de la cárcel”, y así precisamente se llamarán estos patronatos.

Los cautivos
Otro grupo de presos,  y por tanto de marginados,   lo representaban los cautivos cristianos que fueron consecuencia del estado de guerra existente en el Antiguo Régimen entre España y los países musulmanes, ahí incluimos también a los turcos (reinado Felipe I, Felipe II) y también se incluyen los conflictos que se tenían con los musulmanes o  berberiscos del norte de África , desde donde se acostumbraba  a abordar a las embarcaciones españolas (argelinos, marroquíes, etc.) y fueron denominados por la administración española  como piratas. Estos piratas solían pedir un rescate por los cautivos y muchas veces actuaban promovidos por el propio Estado. Pero ese problema no se limitaba al abordaje de las embarcaciones, sino que estos piratas también se dedicaron a hacer incursiones por la costa levantina  y andaluza y cogían cautivos. Muchas veces arrasaron pueblos enteros como es el caso de San Miguel de Arcas de Buey (Huelva).

Todo esto generó una gran inseguridad en estas zonas costeras y por eso,  tanto Felipe II como su hijo Felipe III, construyeron una línea defensiva de torres de almenaras a lo largo de toda la costa andaluza y levantina. Estos cautivos que eran llevados al Norte de África pasaban muchas necesidades hasta ser redimidos, los piratas pedían rescates por ellos y hubo órdenes religiosas  que se trasladaron hasta allí y practicaban la caridad con estos cautivos hasta que fueron rescatados. Estos frailes proporcionaban alimentos a los cautivos y  los familiares eran quienes se ocupaban de su  rescate si disponían de dinero y  en caso contrario eran ayudados por estas órdenes religiosas que recaudaban fondos para el rescate. Las dos órdenes religiosas más especializadas en estos temas fueron los trinitarios y los mercedarios, por eso,  no es extraño que en los lugares de costa haya conventos de estas órdenes. También es curioso que en algunos casos hubo españoles que se convirtieron en piratas, aunque esto no fue generalizado, sino casos excepcionales.

Los esclavos


Los esclavos formaban parte de un grupo humano donde la marginación era más evidente, ya que era una marginación jurídica y además una marginación por su dureza de vida, maltrato, etc. En la Península Ibérica había una nutrida presencia de  esclavos desde la Edad Media, pero esto no era nuevo, ya que desde la Antigüedad existía la esclavitud. En la Edad Moderna, España continuará teniendo esclavos, aunque en otros países de Europa desaparecen antes, a excepción del reino de Portugal. Desde el siglo XV se advierte en España un comercio de esclavos, sobre todo con la zona del norte de áfrica y a ello se dedicaban marinos del Puerto de Santa María (Cádiz), Palos (Huelva), etc., es decir, la Baja Andalucía que comerciaban con Guinea (Noreste de África), ya que eran marineros conocían bien la navegación por el Atlántico, al igual que los portugueses. Ambos contingentes (portugueses y españoles) comerciaban con esclavos y también con otros productos como el oro o las especias.

A comienzos del siglo XVI existían dos ciudades peninsulares que tuvieron primacía del control del comercio de esclavos: Lisboa en el Atlántico y  Valencia en el Mediterráneo. El comercio de Valencia fue disminuyendo a finales del XVI   y cogerá el relevo la Baja Andalucía: hacia el 1600 había en la Península 50.000 esclavos y 30.000 estaban en Andalucía.

Las fuentes de aprovisionamiento de esclavos eran dos: la raza blanca, que eran los turcos y berberiscos, cogidos como esclavos a través de las guerras y expediciones que se hacían en África y los esclavos de raza negra, que procedían de la primera generación del comercio que se llevaba a efecto con la África Negra. La fuente teórica de aprovisionamiento era la guerra, pero muchos esclavos que se cogían en África se compraban a los jefes de las tribus. Con posterioridad, los esclavos eran aquellos que descendían de esos primeros esclavos que se compraron, eran la segunda, tercera o cuarta generación, hijos de madres esclavas que habían nacido en tierras hispanas, pero que pasaban también a ser esclavos, aunque con el paso del tiempo ese niño fuera rubio y con ojos claros. En los siglos XVII y XVIII, la esclavitud será por herencia. La libertad se podía dar a través del testamento o la carta de Ahorría.

Los gitanos
Finalmente, los gitanos formaban otro grupo de marginados, aunque  se podría hablar más bien de auto-marginación ya que según Domínguez Ortiz los gitanos  se auto-marginaban por decisión propia. Este grupo no tenía voluntad de integrarse en la sociedad y era un grupo diferente dentro de la sociedad moderna. Según las fuentes documentales, en España existen gitanos desde el siglo XV con Enrique IV, aunque esto no quiere decir que no existieran antes.

La presencia de los gitanos en Castilla suscitará reacciones en la población: unos verán a este grupo diferente por sus costumbres y cultura; otros castellanos y españoles sentirán cierta aversión hacia la comunidad gitana.
Encontramos que algunos literatos escribirán sobre la vida de los gitanos con cierta simpatía ya que llevaban una vida bohemia y esto los asemejaba de alguna forma a los escritores de la época, como eran: Cervantes, López de Rueda, etc.

Como resultado de este rechazo, la legislación también se mostró dura con el colectivo gitano y se llevó a efecto una pragmática en 1499 que trató con dureza a la población gitana, ya que se pretendía integrarlos en la sociedad. Hay que tener en cuenta que estamos en la época de la expulsión de los judíos y esta pragmática está en la línea de la uniformidad religiosa y étnica que se pretendía en el momento. En la pragmática se exige a los gitanos que:

·         Abandonen su vida errante y de vagabundos y a quien no lo haga se le impondrá diferentes penas.
·         Se les obliga a tener una profesión y una vecindad (vecinos de un lugar, es decir, que vivan en un sitio fijo).
·         Se les prohíbe utilizar sus vestimentas y la lengua gitana.
·         Además se les pide que hagan vida en común con el resto de la sociedad, de ahí la opinión de Domínguez Ortiz, que eran los propios gitanos los que se auto-marginaban.

La pragmática de 1499 y otras posteriores no dieron resultados, ya que los gitanos siguieron realizando actividades propias de su raza, como era el comercio con caballos (tratantes de caballos) y otros oficios relacionados como era el de esquilador. Este tipo de negocios lo han seguido manteniendo los gitanos hasta los años 60 del siglo XX.

Bibliografía
CASEY, J. (2001): España en la Edad Moderna: una historia social, Madrid.
DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (1989): Crisis y decadencia en la España de los Austrias, Barcelona.
MARCOS MARTÍN, A. (1985): Economía, Sociedad, Pobreza en Castilla: Palencia, 1500-1814, Palencia.
MARCOS MARTÍN, A. (2000): España en los siglos XVI, XVII y XVIII. Economía y Sociedad, Barcelona

Recursos electrónicos





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LA PARTICIPACIÓN ANDALUZA EN EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

Noemí Raposo Gutiérrez



En el descubrimiento, explotación y posterior conquista y colonización de las Indias occidentales no es casualidad que las expediciones partieran de la costa Atlántica de Andalucía. Por razones obvias, Andalucía era la región predestinada para protagonizar el primer encuentro entre ambas orillas del Océano Atlántico.

Andalucía es a la vez Mediterránea y Atlántica y su carácter Atlántico resalta mucho en la época del descubrimiento. Esta zona estaba constituida por los tres reinos cristianos, Sevilla, Córdoba y Jaén. La conquista del Reino de Granada fue larga y laboriosa de manera que sólo en fechas tardías se configuró a Andalucía en sus dimensiones actuales.

Esa Andalucía baja, Bética o Atlántica estaba orientada hacia el océano con dos comarcas litorales de intensa vitalidad, al Oeste la correspondiente entre Palos y Ayamonte y al Este el litoral gaditano desde Sanlucar de Barrameda hasta Gibraltar.

Las actividades de este litoral se centraban en el aprovechamiento de su riqueza pesquera y el tráfico mercantil, encabezado por Sevilla y la bahía gaditana, mientras que los marineros de la villa del litoral onubense (Palos, Huelva, Moguer, Lepe, Gibraleón) bien alistados en los negocios de la mar, tripulantes desde siempre en pequeñas embarcaciones que se internaban en el Atlántico, llegaban hasta las costas de Guinea, pero no sólo realizaban incursiones a África, sino también a Las Canarias.

En estas circunstancias encontramos a los marinos del descubrimiento y de la Carrera de Indias. Para ello fue imprescindible la misión de Las Canarias, que sirvió para dotar de ese espacio marítimo de la amplitud necesaria frente a los esfuerzos de los portugueses por controlar la ruta del Atlántico.

La excepcional ubicación de la costa andaluza desde Gibraltar hasta Ayamonte, respecto al aprovechamiento de vientos y corrientes fue otra de las razones que hizo a los puertos andaluces eje vital de la acción descubridora y posteriormente de toda la actividad comercial de la Carrera de Indias.

La posición de Las Canarias fue fundamental como punto de partida, ya que ahí repostaban todas las naves que iban a las Indias. El viaje hacia América en las mejores condiciones podría tardar más o menos un mes y medio, pero el regreso podría ser más largo, porque habría que buscar latitudes más septentrionales hasta lograr vientos favorables.

Ahora bien, de nada hubiera servido el conocer los vientos, las corrientes y la experiencia de los marineros de la baja Andalucía, sin la existencia de una infraestructura adecuada de producción, sobre todo, agrícola, de comunicaciones y financiera.

A las puertas del descubrimiento, Andalucía era una región próspera y bien capacitada para desempeñar el papel de la gran protagonista. Buena prueba de ello, lo encontramos en sus magníficas construcciones señoriales, su activo comercio, su cosmopolitismo destacando la presencia de familias flamencas e italianas y entre estos especialmente genoveses, los Beraldi, Centuriones, Vivaldi y Espínola, muchos de los cuales participaron en las empresas descubridoras o del tráfico atlántico, y es que en Andalucía se respiraba ya por estos años los vientos del precapitalismo, gracias a su temprana red bancaria.

En la primavera de 1485 llegó a Andalucía un curioso personaje, que decía poseer un gran secreto, era Cristóbal Colón, un italiano, seguramente genovés, que después de ser rechazado en la corte de Juan II de Portugal decidió tomar fortuna en la de los reyes castellanos, buscando el apoyo necesario para emprender lo que él mismo llamaba “la empresa de las Indias”.

Este misterioso personaje se veía retratado por sus contemporáneos como un hombre bien formado, de mediana estatura, cara larga, las mejillas un poco altas, nariz aguileña, ojos grises, en su mocedad tuvo el cabello rubio, pero a los 30 años ya lo tenía blanco.

Gonzalo Fernández de Oviedo también lo conoció y nos ha dejado una descripción diciendo: “era un hombre de buena estatura y apariencia, más alto de lo común, con fuertes miembros, vivaz en los ojos, de cabello rojo y cara rojiza, y elegante en el discurso”.

Colón en compañía de su hijo Diego abandona Portugal y se dirige a Andalucía. Uno de los primeros lugares visitados fue Huelva, para dejar a su hijo con sus concuñados, los Muliart. Luego tal vez, visitó la villa marinera de Palos de la Frontera para recabar información a los monjes franciscanos de la Rábida, que tan informados estaban de la expansión por el Atlántico. Allí se entrevistó con importantes personajes como fray Juan Pérez, fray Antonio de Marchena, etc.

Otro de los lugares visitados para poner en marcha su proyecto fue Sevilla, allí entró en contacto con los Beraldi, Centuriones, Espínola, Vivaldi, etc. Además, también buscó apoyo en dos casas andaluzas importantes: Medinaceli y Medina-Sidonia.

Los Reyes Católicos reciben en audiencia a Colón el 20 de enero de 1486, expone su proyecto ante una junta de expertos, pero es rechazado y Colón se marcha, no sin antes conocer en Córdoba a la que será su segunda mujer, Beatriz Enríquez de Arana, la cual le dará a su segundo hijo, Hernando Colón.

Colón se instala definitivamente en la villa gaditana del puerto de Santa María y para sobrevivir se dedica a vender libros manuscritos, además de una renta que la Reina le concedió anualmente.

Finalmente, los Reyes Católicos le conceden una nueva audiencia en Granada donde gracias a Luis de Santángel consigue aprobarse el proyecto, y se firman el 17 de abril de 1492 las Capitulaciones de Santa Fe. A partir de aquí, Colón vuelve a Palos donde empieza a preparar todo para el viaje.

Taviani nos relata el escenario palermo antes del descubrimiento como un municipio con unos 600 habitantes, situado en la desembocadura del río Tinto, eran gentes sencillas que vivían de la mar. Huelva, Palos y Moguer formaban una ofensiva común contra los piratas berberiscos.

Palos fue elegido por Colón como lugar de salida, ya que Cádiz no podía ser, porque por ahí se estaban expulsando a los judíos. Entonces, una parte de la villa de Palos tuvo que ser comprada por los Reyes, para convertirla en una villa de realengo, porque si no era así la expedición no podría realizarse en Palos, por lo tanto los Reyes compraron al duque de Medina-Sidonia la parte del puerto de Palos por 16.400.000 maravedíes.

Los frailes franciscanos aportaron gran ayuda a Colón, consiguiéndole dos carabelas, la Pinta y la Niña y una nao la Santa María, pero fue difícil reclutar a la población, y fue gracias a Martín Alonso Pinzón, que se consiguió reclutar a la tripulación, por lo que se convierte en un personaje clave en el descubrimiento.

En este viaje fueron miembros conocidos en esta villa como Vicente Yáñez Pinzón, Francisco Martín Pinzón, Juan Niño, Alonso Niño y algunos presos que obtuvieron permiso real, Bartolomé Torres y tres amigos suyos.

El viaje fue financiado por los Reyes Católicos, los Pinzones y los Beraldi, y la expedición ascendió 2.000.000 de maravedíes.

El tres de agosto salió la expedición de la Isla de saltés y el 11 de octubre Juan Rodríguez Bermejo, marinero de Lepe, gritó “TIERRA”, al que se le ha designado erróneamente el nombre de Rodrigo de Triana. El 15 de marzo estaban de vuelta en Palos donde se les recibió con gran entusiasmo.

Fuente
Conferencia sobre: “El descubrimiento y la plataforma andaluza”, IV Jornadas de Historia sobre el Descubrimiento, celebradas en Palos de la Frontera, Huelva los días 28 y 29 de marzo de 2008.




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LA MUJER INDÍGENA DURANTE EL COLONIALISMO HISPÁNICO Y LA DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS

Juan Antonio González González

Hoy hablaremos sobre la mujer indígena durante el colonialismo hispánico, basándonos en el artículo de Ann Twinam y en segundo lugar trataremos algunos factores que contribuyeron a la destrucción de las Indias, siguiendo el estudio de Irene Silverblatt.

Es interesantísimo adentrarse en el organigrama social durante el colonialismo hispánico; en el que el valor imperante en la élite social era sin duda el honor y la reputación que intentaban mantener de cara al público tanto las mujeres como los hombres de alcurnia. Los mecanismos que llevaron a cabo éstas élites para salvaguardar su estatus social son verdaderamente impresionantes de analizar, y de entre todos los secretos y ocultamientos que cubrían el tejido social durante esta época, lo que  ha llamado poderosamente mi atención es lo anquilosada y cerrada que llegaban a mostrarse las familias nobiliarias para defender la reputación de una hija o cualquier pariente frente a la hostilidad de la sociedad hispano-americana. A raíz de esto la autora, nos adentra en dos mundos totalmente diferentes, que es la imagen que daba una persona de cara al público y la que realmente tenía la mostraba en su círculo privado, para evitar el deshonor social. Ann Twinam, nos ilustra con dos grandes casos de mujeres de alcurnia que mantuvieron relaciones sexuales fuera del matrimonio (una por no estar casada y la otra por ser viuda), ambas quedaron embarazadas y dieron a luz a dos hijas ilegítimas. Una situación como ésta,  en una sociedad en la que la norma mandaba castidad y continencia a todas las mujeres no casadas, era un auténtico peligro que hacía tambalear la condición social no sólo de la mujer sino de toda su familia y lo más grave, desde mi punto de vista,  era que se trasmitía durante generaciones.



Ante semejantes consecuencias, no me extraña que se generasen mecanismos tan férreos para defenderse.  Por otra parte, me parece sumamente interesante la relación tan fuerte e íntima que mantenían los sirvientes plebeyos con sus señores, hasta tal punto, que nuestra autora nos dice lo siguiente:

“Los plebeyos relacionados podían ser parte también de tales conexiones privadas. Por lo general eran sirvientes o empleados que vivían con la familia y conocían sus secretos. Ya sea por afecto o lealtad o por miedo de represalias si filtraban información escandalosa, estos plebeyos también mantenían la división privado/público”[1].

Tras leer  por primera vez este fragmento, una persona  no versada en esta materia, como es mi caso, lo primero que piensa es que esos sirvientes podrían chantajear a sus señores para conseguir sus propios fines. No obstante, ese pensamiento es una forma muy simple y reduccionista de ver estos acontecimientos. Todo es mucho más complejo y creo que un plebeyo/a  al servicio de una gran familia era un auténtico privilegiado, más cuando en la América colonial imperaba una desigualdad socio-racial extrema, en la que “la presencia  física de un bebé de origen desconocido se aliaba a las ambigüedades generales de raza y clase”[2]. Los empleados, estaban en cierto modo respaldados por esas familias, por lo que ellos tenían la obligación de proteger esa información que se ocultaba al público. No obstante, cabe pensar, que de la multitud de casos que se dieron en la época colonial, habría algunos sirvientes que filtrasen información.



Por otra parte, también es muy interesante el contraste que existe entre la imagen público/privado de las familias de alcurnia y las familias de clases bajas. Estas últimas, al carecer de ese ideario honorifico de los nobles, no tenían por qué soportar el yugo de perderlo; pero esto no quiere decir que estas clases no tuvieran sus propios mecanismos para ocultar sus acciones frente a la sociedad.

El texto me ha trasmitido la sensación, de que las familias plebeyas fueron un auténtico colchón en la que se ampararon las familias de alcurnia para salvaguardar su estatus. Por ello, la autora dice que “tanto los casos mexicano y peruano ponen de manifiesto que el concepto de público y privado formaban parte de la mentalidad de la plebe como de la élite”[3]. No obstante, aún mantengo la duda sobre qué intereses pedirían esas familias plebeyas, que se hacían cargo de un bebé ilegítimo entregado por una familia nobiliaria. Pienso que si la autora no se ha detenido en ese punto, será porque el silencio en las fuentes es mucho mayor.

Veamos ahora algunos factores que contribuyeron a la destrucción de las Indias, analizando el trabajo de Irene Silverblatt.

Es un texto bastante duro, en el que se nos muestra la destrucción de toda una civilización, de una tradición cultural, de unas creencias de un pueblo y la depravación de todo el sistema establecido antes de la conquista de los españoles. A lo largo de todo el texto, Silverblatt va contrastando el modo de producción indígena con el impuesto por los españoles, incidiendo sobre todo en la mujer. Según nos cuenta, la explotación llegó a ser extrema, incluyendo a mujeres, niños y ancianos.  El regreso de Quetzalcóatl se había hecho realidad y las Indias estaban evocadas  a la destrucción.

Por otra parte, el sistema de explotación impuesto por los españoles llevaba a los indígenas a callejones sin salida, en los que se veían obligados a contribuir ellos mismos a la degeneración de su propio pueblo. La autora pone dos ejemplos magníficos; el primero es que los hombres indígenas ante la imposibilidad de pagar los tributos, debido a que sus tierras no producían lo suficiente, querían abolir la ley andina que daba a la mujer el derecho autónomo sobre la tierra[4]. El segundo es la depravación a la que estuvo sometida la mujer indígena en época colonial, llegando a convertirse en extrañas y en parias para sus propias comunidades. Al depender de los españoles y de sus colaboradores, la mayor parte de ellas no tuvo otra opción que participar en su propia degradación[5]. Esto son dos ejemplos de la multitud con la que nos ilustra la autora sobre la destrucción de las Indias.



La explotación de los indígenas en época colonial, es un tema que los investigadores han enfocado de multitud de perspectivas, si bien Spalding señaló que el campesinado indígena percibió al régimen tributario hispano como doblemente explotador, en comparación con el sistema andino anterior a la conquista[6]; investigadores como Jesús María Añoveros analizan la explotación indígena desde el punto de vista eurocentrista, diciendo frases como:

“[…] los beneficios  materiales de la metrópoli no fueron tantos como se suele pensar y que los beneficios materiales sembrados en América fueron muchos más de los que pudiéramos imaginarnos”[7].

Personalmente, no estoy de acuerdo con este tipo de enfoque y en contraposición me quedo con frases como la de un español del siglo XVI que observó la cruda realidad y dijo: “No es plata lo que se lleva a España, sino el sudor y la sangre de los Indios”[8].

No obstante,  también es necesario contar con diversas perspectivas para comprender mejor lo que pudo ser la vida en la América colonial.

Por otra parte, la situación en la que se encontraba la mujer indígena en aquel tiempo era inhumana y sabemos muy bien de ello, gracias a Guamán Poma de Ayala quien fue un testigo directo de los acontecimientos y creo que los historiadores debemos mucho a esta figura y a su obra.

En conclusión, el texto creo que se ciñe muy bien al régimen de explotación  indígena colonial. Silverblatt, al igual que Ann Twinam, es una gran profesional que  analiza, compara e interpreta los diferentes acontecimientos históricos de forma empírica y rigurosa.

Bibliografía
GARCÍA AÑOVEROS, J. Mª. (1982): “La Fuerza  de Trabajo del Indígena Americano en las épocas Prehispánica y Virreinal”, Quinto Centenario. América: Economías. Sociedades, Mentalidades, vol. 3, Madrid, pp 87-108.
TWINAM, A. (2004): “Estrategias de resistencia: manipulación de los espacios privado y público por mujeres latinoamericanas de la época colonial”, Las mujeres en la construcción de las sociedades latinoamericanas. Madrid, pp. 251-269.
SILVERBLATT, I. (1993):Mujeres del Campesinado en el Alto Perú bajo el Dominio Español”, Mujeres invadidas. La sangre en la conquista de América, vol. 12, Madrid, pp. 29-46.



[1] TWINAM, A. (2004): “Estrategias de resistencia: manipulación de los espacios privado y público por mujeres latinoamericanas de la época colonial”, Las mujeres en la construcción de las sociedades latinoamericanas. Madrid, p. 257.
[2]TWINAM, A (2004): Estrategias de resistencia: manipulación de los espacios privado y…, p. 253.
[3] TWINAM, A (2004): Estrategias de resistencia: manipulación de los espacios privado y…, p. 267.
[4] SILVERBLATT, Irene. (1993):Mujeres del Campesinado en el Alto Perú bajo el Dominio Español”, Mujeres invadidas. La sangre en la conquista de América, vol. 12, Madrid, p. 54.
[5] SILVERBLATT, Irene: Mujeres del Campesinado en el Alto Perú…,p.61.
[6] SILVERBLATT, Irene: Mujeres del Campesinado en el Alto Perú…,p.49.
[7] GARCÍA AÑOVEROS, Jesús María. (1982): “La Fuerza  de Trabajo del Indígena Americano en las épocas Prehispánica y Virreinal”, Quinto Centenario. América: Economías. Sociedades, Mentalidades, vol. 3. Madrid, p. 104.
[8] SILVERBLATT, Irene: Mujeres del Campesinado en el Alto Perú…, p.48.


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LIBROS, LECTORES Y BIBLIOTECAS PRIVADAS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVIII

Juan Antonio González González

El comentario que me dispongo a realizar es del artículo: “Libros, lectores y bibliotecas privadas en la España del siglo XVIII” elaborado por Inmaculada Arias de Saavedra Alías, Catedrática de la Universidad de Granada y publicado en la Revista de Historia Moderna que edita dicha universidad: Chronica Nova nº 35, (2009), pp. 15-61.



La lectura del texto es tan apasionante como compleja y en él su autora analiza magistralmente las formas de alfabetización; la expansión cultural mediante el libro y las interesantísimas bibliotecas privadas de los personajes más importantes de nuestro siglo XVIII. La escritura y los diferentes soportes que se han ido sucediendo a lo largo de la Historia, marcan un antes y un después en la evolución del ser humano; su importancia es tal, que consideramos el fenómeno de la escritura como la bisagra que cierra la Prehistoria y abre paso a nuestra Historia.



Avanzando en el tiempo y ciñéndonos a nuestro texto, hay que decir que aunque el mundo del libro y toda la cultura que lo rodea se inicia con la invención de la imprenta en el siglo XV, no será hasta el siglo XVIII cuando este fenómeno tenga un gran desarrollo en todos sus niveles. La industria del libro y todo el tejido cultural durante el Antiguo Régimen dista mucho de la situación actual, en la que cualquier persona interesada puede acceder a los libros mediante su compra en diversos formatos incluido el digital, que abarata ostensiblemente su precio; mediante préstamos bibliotecarios o también a través del intercambio entre amigos. Este libre acceso a la cultura, del cual disfrutamos, estaba bastante reducido durante el setecientos, principalmente porque la industria del libro en nuestro país, se encontraba todavía en un estado embrionario, donde todavía se dependía del extranjero para hacer frente a la demanda de libros y las bibliotecas institucionales estaban en formación. Por otra parte, también nos encontramos con el elevado precio de los mismos, aunque a lo largo de la centuria su abaratamiento será considerable por “el aumento del número de ejemplares por edición y la adopción de formatos más pequeños[1]. A parte de la industria, el mercado del libro usado también estaba muy extendido  y con frecuencia se compraban en encantes y almonedas, que tenían lugar con motivo de la muerte de sus poseedores. En este caso la posibilidad de comprar libros a un precio asequible era mayor. Por otra parte, no debemos olvidarnos de la importante censura que ejercía la Inquisición  sobre la cultura en sus Index Librorum Prohibitorum, donde llegaban a prohibir obras completas de numerosos autores. Estas medidas dificultaron en parte el desarrollo intelectual, pero que se prohibiera, no quería decir que no se leyera. Así como demuestra la profesora Inmaculada Arias en su texto, encontramos libros prohibidos en  bibliotecas de personajes relevantes como Gaspar Melchor de Jovellanos o incluso figuras como Juan Meléndez Valdés que tenía permiso inquisitorial para leer libros prohibidos. Debemos tener en cuenta que nos encontramos ante grandes bibliófilos y auténticos eruditos de su tiempo, ya sean pertenecientes a la nobleza, el clero, funcionarios, académicos, científicos, artistas o burgueses. Es impresionante adentrase en las inmensas bibliotecas que poseían personajes como  Fernando José Velasco con 10.000 volúmenes, que según la profesora Inmaculada está por estudiar, o José Nicolás de Azara con 5.772 volúmenes, estudiado por Gabriel Sánchez Espinosa[2]; la figura del notable humanista Cándido María Trigueros que tenía una biblioteca de 1.368 volúmenes y podía expresarse en francés, inglés e italiano y escribía correctamente en latín, griego y hebreo[3]. Por otra parte, el texto pone de manifiesto, que estas personas no se limitaban solamente a la colección de libros de su tiempo, sino que atesoraban manuscritos e incunables de tiempos pretéritos, así como monedas, escapularios, esculturas antiguas, pinturas, medallas, objetos de plata labrada, ropa de ajuar, muebles etc. La profesora en el texto se sumerge en las diferentes bibliotecas de numerosos personajes, y en ella encontramos una temática muy variada y en multitud de idiomas, que en la inmensa mayoría de los casos iban en sintonía con la profesión que ejercía esa persona.  Por ejemplo, Inmaculada Arias analizó la biblioteca del matemático Benito Bails. Así encontramos libros de Derecho, Teología, Sagrada Escritura, Literatura, Historia, Geografía, Arte, Poesía, Ciencia, Prensa, Libros de oración, Filosofía, etc.  Un ejemplo de biblioteca especializada sería la del matemático Benito Bails, estudiada por Inmaculada Arias[4].
  
                                 

                                          

  









A través de un análisis de este tipo de fuente, podemos hacer estudios muy interesantes sobre los intereses de esos bibliófilos, sobre sus gustos e inquietudes,  sobre su nivel de formación, su ideología, sus carencias culturales, etc. Es un universo por descubrir, pues como dijo Gregorio Marañón: “Los libros que cada cual escoge para su recreo, para su instrucción, incluso para su vanidad, son verdaderas huellas dactilares de su espíritu[5].

Otro aspecto interesante en relación, es que el libro poseído no es necesariamente el libro leído. La posesión del libro como demuestra el texto, era símbolo de poder y de cultura, de estatus social, por lo que si la persona tenía poder económico, en su hogar encontraremos en mayor o menor medida libros; esto como hemos visto anteriormente estaba íntimamente ligado a su profesión. Al respecto, en la actualidad hay muchas personas que tienen en sus casas colecciones de obras clásicas o grandes enciclopedias que no han leído o consultado y no la poseen como símbolo de cultura, sino más bien como un elemento decorativo y estético. De hecho se venden libros/cajas, que solamente tienen la decoración y el título de la obra en el lomo, el resto es una simple caja vacía. Cumpliendo éste la misma función que un auténtico libro, pero a un coste mucho menor.
En relación, los días 26, 27 y 28 de marzo, tuve la oportunidad de asistir al Simposio: La Casa en la Edad Moderna, celebrado en la Universidad de Granada y en él la profesora Inmaculada Arias, hizo una ponencia sobre Los Espacios de las Bibliotecas en el Antiguo Régimen. Fue realmente interesantísimo saber qué espacios y lugares ocupaban los libros en las casas de los eruditos que hemos citado anteriormente. No obstante, ésta línea de investigación plantea numerosas dificultades para su estudio y según la profesora es un terreno virgen que está por explorar.

Salvando las distancias, pero íntimamente relacionado, Jesús Marchamalo en su obra: Donde se guardan los libros[6] analiza las bibliotecas de veinte reconocidos autores españoles contemporáneos. Cada uno habla de cómo se relaciona con los libros, del orden y su ubicación en los estantes, de las lecturas que en su momento le fueron decisivas o de cómo su biblioteca se ha ido construyendo con el tiempo, a veces de manera no pensada y caprichosa.

Para concluir, he de decir que el texto y toda la cultura entorno al libro durante el Antiguo Régimen me ha parecido apasionante. Entre otras cosas, porque, me considero un gran bibliófilo y siempre me ha  interesado conocer el desarrollo que ha tenido el libro desde la invención de la imprenta hasta nuestros días. La profesora Inmaculada Arias analiza, compara e interpreta de forma magistral la información que nos expone.

Bibliografía
ARIAS DE SAAVEDRA ALÍAS, I., (2003): Ciencia e Ilustración en las lecturas de un matemático: La Biblioteca de Benito Bails. Granada. Edit Universidad de Granada.
̶ (2009): “Libros, lectores y bibliotecas privadas en la España del siglo XVIII”. En Chronica Nova nº 35, Universidad de Granada, pp. 15-61.
MARCHAMALO, J., (2011): Donde se guardan los libros. Madrid, Edit Siruela.
SÁNCHEZ ESPINOSA, G., (1997): La Biblioteca de José Nicolás de Azara. Madrid. Edit. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Recursos electrónicos
El artículo de la profesora lo podéis consultar en:   






[1] ARIAS DE SAAVEDRA ALÍAS, I. (2009): “Libros, lectores y bibliotecas privadas en la España del siglo XVIII”, Revista de Historia Moderna de la Universidad de Granada: Chronica Nova nº 35, p. 26.
[2] SÁNCHEZ ESPINOSA, G., (1997): La Biblioteca de José Nicolás de Azara, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.
[3] ARIAS DE SAAVEDRA ALÍAS, I., (2009): Libros, lectores y bibliotecas privadas en la España del siglo XVIII...op.cit., p. 59.
[4]  ARIAS DE SAAVEDRA ALÍAS, I., (2003): Ciencia e Ilustración en las lecturas de un matemático: La Biblioteca de Benito Bails, Granada.
[5] Citado por ARIAS DE SAAVEDRA ALÍAS, I., (2009): Libros, lectores y bibliotecas privadas en la España del siglo XVIII...op.cit., p. 31.
[6] MARCHAMALO, J. (2011): Donde se guardan los libros, Edit Siruela, Madrid.

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