Historia Medieval

BIZANCIO DURANTE LA PRIMERA CRUZADA

Juan Antonio González González

A mediados del siglo IX, el Estado bizantino ha franqueado ya un nuevo punto de inflexión en su trayectoria histórica. Las fronteras que, tras varios siglos de expansión,  habían producido un ensanchamiento notable del Imperio, permanecen inalterables hasta, aproximadamente, la década de los cuarenta de esa centuria. Sin embargo, coincidiendo con los años centrales de ella, Bizancio comienza a sufrir un retroceso tal, que en el transcurso de unos treinta años le coloca en una tesitura verdaderamente dramática hasta el punto de que pudo temerse la propia desaparición del Imperio. La fecha clave de ese retroceso puede situarse en torno al año 1071. En este año se produjo, a un tiempo, como símbolo de la ineficacia militar, la derrota bizantina  por parte de los turcos en Manzikert (en el istmo de Anatolia) y la conquista de Bari (en la región sudoriental de Italia) por los normandos. Uno y otro hecho son el más claro exponente del peligro que amenazaba desde entonces a Bizancio por ambos flancos.

El doble acoso turco y normando no se detuvo y obligó a los soberanos bizantinos a pedir ayuda al exterior. Para conseguir neutralizar el avance normando en la costa adriática, Bizancio tuvo que concertar con Venecia una alianza sumamente grave para la economía  futura del Imperio. Resultó tan comprometida que nunca se recuperaría ya de la terrible competencia planteada por ésta y otras repúblicas marítimas de Italia. Y para lograr la detención de la marea turca solicitó, sin más, la colaboración armada  de Occidente, que luego se tradujo en el fenómeno de las Cruzadas. Estas agudizaron la incomprensión e hicieron más profundas las diferencias entre los dos grandes sectores del mundo cristiano.

A pesar de todos los fracasos, la implantación de la dinastía Comneno en Bizancio llevó al gobierno del Imperio a varios soberanos muy notables, los cuales consiguieron conjurar adecuadamente el peligro durante el transcurso de un siglo. Pero el triunfo de la aristocracia militar y terrateniente, representado por el advenimiento de los Comneno (tras una etapa caótica de luchas entre este sector y el de la aristocracia de los letrados y los funcionarios de la capital) consagró definitivamente un nuevo modelo de Estado, en la que la organización estatal fuertemente centralizada y burocratizada deja paso a unas instituciones de marcado carácter feudal o parafeudal.

En torno a la década de 1170 y tras el esfuerzo realizado por los tres primeros emperadores de la dinastía Comneno, Bizancio se adentra nuevamente en una etapa difícil y dramática. Supuso el fin del Imperio Bizantino, se dieron unas condiciones óptimas de indefensión que explican la tragedia de 1204 cuando, en el transcurso de la Cuarta Cruzada, los expedicionarios tomaron la propia ciudad de Constantinopla y fundaron el Imperio Latino. Por fin, la ciudad inexpugnable había sido sometida. Y la “hazaña” de los cristianos en Occidente cavó una fosa infranqueable entre ellos y los cristianos de Oriente al tiempo que el ámbito geográfico del Mediterráneo oriental queda definitivamente trastocado.



Aunque los futuribles están velados al historiador, siempre es posible preguntarse cuál habría sido el alcance de la recuperación de Bizancio o su definitivo hundimiento, durante la época de Alejo I Comneno, si no hubiera existido el fenómeno de las Cruzadas, las cuales se pusieron en marcha justamente cuando comenzaba a despejarse el horizonte tras toda una generación llena de tribulaciones.

Sobre las Cruzadas es frecuente poseer una ida unilateral, a consecuencia de haber sido estudiado el tema sólo desde la perspectiva de Occidente.

En la parte europea del Imperio se habían superado los peligros más graves. En el Este la situación parecía estar igualmente aclarándose pues el desmembramiento del sultanato del Rum y las constantes luchas entre los emires parecían hacer factible la reconquista de Asia Menor. Pero en el justo momento en que Alejo I hubiera podido dedicarse a esta tarea, se produjo un acontecimiento que desbarató sus planes y enfrentó al Imperio a dificultades nuevas y complejas: se acercaban los cruzados.



Occidente volvió a irrumpir violentamente en la vida de Bizancio con la primera Cruzada. El choque y el contraste entre Oriente y Occidente en el siglo XI ayudaría a configurar el patriotismo bizantino. Se ha repetido hasta la saciedad que el concepto de Cruzada no cabía en la mentalidad griega oriental, por varias razones. En primer lugar, porque la lucha entre los infieles era vista por los bizantinos como algo natural y la recuperación de los Santos Lugares era una cuestión que les afectaba exclusivamente a ellos, pues de su poder fueron arrebatados en los albores del apogeo musulmán. Por otro lado, los bizantinos estaban ligados a la tradición patrística, que veía la iglesia como un instrumento puramente espiritual y les extrañaba que fuera precisamente el Papa quien alentara la guerra. Éste era un asunto del poder laico: “Así, la cruzada, organizada por el papa, era ante todo para los bizantinos el símbolo de la usurpación de un poder imperial por la autoridad espiritual”.

La marcha de las Cruzadas fue el resultado de las circunstancias en que se encontraba Europa y las consecuencias de las posturas occidentales durante la lucha de las Investiduras.

La idea de Cruzada daba una forma nueva de expresión a la aspiración del fortalecido Papado de irradiar su poder sobre el oriente cristiano. El llamamiento del papa Urbano II en el concilio de Clermont encontró un enorme eco debido al fervor religioso que se había apoderado de Occidente desde la reforma cluniacense; despertó la añoranza de la Tierra Santa, cuya atracción y cuyos problemas, desde la toma de Jerusalén por los selyúcidas en el año 1077, eran bien conocidos por la cristiandad occidental a través de las cada vez más frecuentes peregrinaciones; arrastró a los señores feudales con deseos de aventuras y ávidos de tierras, y también a las masas populares occidentales, agobiadas por la miseria económica y llenas de fervor religioso. La idea de Cruzada en el sentido occidental le era, sin embargo, completamente ajena al Imperio Bizantino. Allí la lucha contra los infieles no era nada nuevo. Siendo una dura necesidad de Estado, hacía tiempo que había pasado a ser algo natural para los bizantinos, y la liberación de Tierra Santa les parecía un deber de su Estado y no un asunto que concerniese a la cristiandad entera, puesto que era un antiguo territorio bizantino. Además de Occidente se esperaba recibir mercenarios y no cruzados.



El emperador bizantino había reclutado, en efecto, tal como lo había hecho en otras ocasiones, tropas auxiliares en Occidente en los difíciles años cuando amenazaba el peligro de los pechenegos y cumanos; por ejemplo había enviado una carta al conde Roberto de Flandes, quien le había rendido pleito-homenaje y le había prometido enviar 500 caballeros flamencos. Según el manual de Emilio Cabrera, esa famosa carta, hoy día es tenida por falsa, aunque tal vez basada en una auténtica que pudo haberse perdido, en la cual describía la situación angustiosa del área del Egeo y de Anatolia y le instaba a evitar la pérdida “del reino de los cristianos y del Santo Sepulcro”.

En el fondo, también perseguían el mismo fin sus peticiones de auxilio a Roma y las negociaciones de unión que mantenía con Urbano II. El curso que tomaban ahora los acontecimientos no era ni deseado ni esperado. Aun cuando nadie podía sospechar  que la Guerra Santa de Occidente contra los infieles, con el paso del tiempo, se convertiría en una campaña de destrucción contra el Bizancio cismático, desde el principio se observó a los hermanos occidentales con la más profunda desconfianza. A menudo se creyó, ya entonces, que se estaba produciendo una nueva invasión enemiga, el comportamiento de los cruzados parecía justificar esta sospecha.

El preludio fue la aparición del personaje conocido como el ermitaño Pedro de Amiens. A éste le seguía una turba de la más variada procedencia; ya al pasar por Hungría y los países balcánicos, las masas indisciplinadas y mal abastecidas se habían entregado a saqueos tan salvajes  que en repetidas ocasiones hubo que hacerles frente con las armas. Ante Constantinopla, a la que llegaron el 1 de agosto de 1096, reanudaron sus saqueos, por lo que el emperador les hizo trasladar al otro lado del Bósforo. Pero en Asia Menor la turba, armada deficientemente, fue masacrada por los turcos. Tan sólo una pequeña parte logró huir a Constantinopla en los barcos que el emperador bizantino había puesto a disposición. Este trágico suceso, lo plasma Ana Comneno de la siguiente forma:

En su avance carente de orden y formación, vinieron a caer en manos de los turcos que estaban emboscados en el Dracón y fueron masacrados miserablemente. Tan grande fue la muchedumbre de celtas y normandos que cayó víctima de la espada de los ismaelitas, que cuando se reunieron los despojos existentes por doquier de los hombre muertos, hicieron no digo ya un enorme collado, ni un montículo, ni una colina; sino una especie de montaña elevada que tenía una longitud y extensión considerables: tan voluminoso fue el amontonamiento de huesos. Posteriormente, algunos bárbaros del linaje de los masacrados, al edificar unas fortificaciones aparentemente a las de una ciudad, colocaron los huesos de los que habían caído intercalados con argamasa, haciendo que la ciudad les sirviera de algo parecido a una tumba. Aún hoy día sigue en pie esa ciudad, cuyas fortificaciones fueron erigidas con piedras y huesos mezclados entre sí.

La Cruzada del Pueblo había terminado. El ejército de chusma de Pedro no fue el característico de la Primera Cruzada.



A finales del año 1096 fueron llegando paulatinamente los grandes señores feudales con sus séquitos. En Constantinopla se fue reuniendo la flor y nata de los caballeros de Europa Occidental, como el duque de Lorena, Godofredo de Bouillon (cuando se expandió por todo el mundo el rumor de aquella convocatoria, el primero que vendió sus propiedades y se puso en camino fue Godofredo. Este hombre era adinerado y presumía grandemente de su valor, valentía e ilustre linaje); el conde Raimundo de Toulouse; Hugo de Vermandois –hermano del rey de Francia -; Roberto de Normandía  - hermano del rey de Inglaterra e hijo de Guillermo el Conquistador-;  el hijo del ya mencionado Roberto de Flandes  que llevaba el mismo nombre, y el no menos importante príncipe normando Bohemundo, hijo de Roberto Guiscardo. Alejo I intentó dar a esta empresa una orientación aceptable para él y para su Estado, pues ésta había desbaratado sus planes y podía llegar a ser un peligro para el Imperio Bizantino. Con este fin exigió a los cruzados que le prestasen, conforme a la usanza occidental, pleito-homenaje y le fuesen cedidas todas las ciudades reconquistadas que en otro tiempo hubiesen pertenecido al Imperio Bizantino. Por su parte, el emperador prometía apoyar a los cruzados proporcionándoles alimentos  y pertrechos y les informaba él mismo que cogería la cruz y se pondría a la cabeza de todos los cruzados con la totalidad del ejército. Con la excepción de Raimundo de Toulouse, todos los jefes del ejército cruzado terminaron por aceptar – y tras negociaciones largas y dificultosas, también Godofredo de Bouillon – las exigencias del emperador. Sobre esta base, a principios del 1097 se concertaron pactos individualmente con los distintos jefes, entre otros también con Bohemundo, quien no solamente estuvo dispuesto a dar todas las promesas exigidas, sino que también intentó influir en el sentido del emperador sobre Raimundo de Toulouse; además le ofreció sus servicios para el puesto de doméstico imperial de Oriente. Las tropas normandas, sin embargo, ya habían llegado mientras tanto a Asia Menor  bajo el mando de su sobrino Tancredo, quien, de esta manera, se había librado de prestar el juramento. De hecho para Bohemundo la Cruzada suponía, en realidad, tan sólo una oportunidad para reanudar los planes de conquista de su padre.



El primer éxito importante de la Cruzada fue la toma de Nicea. Conforme a lo pactado, la ciudad fue entregada al emperador bizantino y ocupada por una guarnición bizantina. Alejo I se apresuró a explotar este éxito. Sus tropas ocuparon Esmirna, Efeso y Sardes, así como  un conjunto de ciudades ubicadas en la antigua Lidia, de manera que quedaba restablecida la soberanía bizantina en la parte occidental de Asia Menor.

Las buenas relaciones entre los cruzados y el emperador bizantino duraron hasta que llegaron a Antioquía, a pesar de que Balduino – hermano de Godofredo de Bouillon – y  Tancredo – sobrino de Bohemundo- se habían desviado hacia Cilicia y se disputaban la posesión de las ciudades cilicias que, conforme a lo pactado debían ceder al emperador bizantino; el fin de la disputa se produjo cuando Balduino penetró en la región del norte de Mesopotamia fundando su propio principado con centro en Edesa. La  toma de Antioquía, nuevo gran éxito cruzados, puso fin al acuerdo existente entre los cruzados y el emperador bizantino y profundizó las disensiones existentes entre los mismos cruzados. Estalló una agria disputa entre Raimundo de Toulouse y Bohemundo por la posesión de la capital siria. El astuto normando ganó la partida y se estableció como príncipe independiente en Antioquía. Todas las protestas del emperador fueron en vano: mientras Bohemundo se quedaba allí, los demás caballeros cruzados emprendieron el camino hacia Jerusalén sin esperar la llegada del emperador, a pesar de que éste les había enviado un mensajero por el que les informaba de que a cambio de la cesión de Antioquía  - conforme a su anterior promesa- estaba dispuesto a seguir participando en la Cruzada; tampoco tuvo ningún efecto el que entonces también Raimundo de Toulouse se declarase a favor de la entrega de Antioquía a Bizancio.

Por el momento, Bizancio podía aceptar la constitución del reino de Jerusalén (conquistada el 15 de julio de 1099) en la lejana Palestina, pero no así el establecimiento de Bohemundo en Antioquía. El principado normando en Siria afectaba directamente a los intereses vitales del Imperio Bizantino, sobre todo dado que Bohemundo ahora ya no disimulaba su enemistad hacia Bizancio y en el año 1099 abría las hostilidades.

Bohemundo al mismo tiempo también tuvo que luchar contra los turcos. El líder normando, tuvo que reconocer que la lucha simultánea contra turcos y bizantinos superaba sus fuerzas. Por lo que, dejó a su sobrino Tancredo en Antioquía, y marchó a Occidente para preparar una gran campaña contra Bizancio. En octubre de 1101, Bohemundo desembarco con un ejército cerca de Avlona para luego marchar contra Dirraquio. El resultado de la batalla, fue la victoria de Alejo I y la derrota del normando. Tras esto, se firmó un tratado en 1108, en el que Bohemundo prometió arrepentido, guardar fidelidad al emperador y prestar en su calidad de vasallo ayuda contra todos los enemigos del Imperio, quedándole el principado de Antioquía. En cambio, Tancredo, como era de esperar, se negó a aceptar el tratado, y después de la pronta muerte de su tío Bohemundo quedó como único señor de Antioquía. Alejo I ante la negativa de Tancredo, prefirió dedicar sus últimos años a combatir a los turcos de Asia Menor. Así que el tratado de 1108 no tuvo, por el momento ningún efecto inmediato aunque mantuvo su importancia como precedente para los reinados posteriores.

Bibliografía
COMNENO, A. (1989): La Alexiada, Clásicos Universales n. 3, Sevilla.
GEORG MAIER, F. (1982): Bizancio, Madrid.
NORWICH, J. J. (2000): Breve Historia de Bizancio, Madrid.

OSTROGORSKY, G. (1984): Historia del Estado Bizantino, Madrid.


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LAS MONJAS, ESPOSAS DE CRISTO

Ana Sánchez Delgado

  Es importante tener en cuenta que la clase social también determinaba el tipo de vida religiosa a la que se tenía acceso, los primeros conventos estaban fundados en su mayor parte por reyes o nobles para sus propias familias y las mujeres de su mismo rango, por lo que las monjas eran a menudo las hermanas, las tías e incluso las madres. La relación de la nobleza con la fundación y la protección de conventos, la atracción de religiosas y el nombramiento de superioras influyó sobre la posición económica, social e incluso política de estas comunidades, mientras que las personalidades de sus residentes reflejaban la agradable conciencia que tenían de su propia importancia en la sociedad de su tiempo.



  Las superioras eran por lo general mujeres de nivel social elevado, acostumbradas al poder por derecho propio y que disfrutaban ejerciéndolo. Una abadesa o una priora, tenía la responsabilidad de gobernar su propia comunidad y representarla donde fuera necesario en asuntos externos. Como superioras, eran presa de tres tentaciones importantes, que podían perjudicar a su casa. Podían vivir con un lujo y una independencia excesivos con respecto a la vida común, podían gobernar despóticamente sin consultar a las demás monjas y finalmente, podían emponzoñar la atmósfera de la casa mostrando un claro favoritismo hacia algunas monjas. Incluso un cargo secundario como el de despensera, tenía sus propias tentaciones. El deber de la despensera era ser responsable de todo lo relacionado con la producción y el aprovisionamiento de alimentos para el convento. Algunos conventos eran mucho más grandes y ricos, muchos eran, en cambio, muy pequeños y podían ser pobres.
 
En los siglos XII y XIII algunos padres que no tenían mucho dinero siguieron fundando conventos pequeños, en busca de lugares adecuados para depositar a las hijas superfluas. A veces una viuda acomodada podía crear un convento o, al final de su vida, entrar en uno con el cual se hubiera mostrado especialmente generosa. Muchas de las jóvenes destinadas a la vida religiosa, sobre todo en los primero siglos, eran ingresadas en un convento de pequeñas, recibían más o menos formación dependiendo de la calidad de la casa y finalmente pasaban con relativa facilidad a ser miembros plenos de la comunidad, cuya vida era lo único que realmente había conocido jamás.

A partir del siglo XIII se hacía más hincapié en que las propias jóvenes eligieran libremente la vida conventual. No obstante, muchas mujeres medievales se encontraron metidas en conventos por razones que nada tenían que ver con lo religioso. A menudo la disciplina les resultaba difícil y aburrida y la evitaban siempre que era posible aunque sin causar un escándalo. El resultado fue una mediocridad generalizada y sin inspiración con una actitud cada vez más secular.

A lo largo del siglo XIII se hicieron esfuerzos por mantener a las monjas enclaustradas y evitar que salieran. Sin embargo, a pesar de la esperanza de muchos eclesiásticos de que las monjas fueran sumisas, calladas e invisibles dentro de sus conventos, la realidad era a menudo muy distinta y mucho más interesante.



La corriente antifeminista que se desarrolló en las órdenes religiosas más nuevas quedó de manifiesto de forma brutal a finales del siglo XIII. Esta nueva orden había traído la imaginación religiosa de muchas mujeres de ciudades del norte de Francia y había hecho que se desarrollaran comunidades femeninas muy grandes, a menudo en monasterios dobles. Los papas intentaban proteger los derechos de estos miembros femeninos, pero para los hombres, las monjas eran simplemente una carga económica.



Con el advenimiento de los frailes y su enorme popularidad, las mujeres también trataron de unirse a estas nuevas órdenes, pero con poco éxito. Para la mentalidad medieval era inconcebible que las mujeres llevaran la vida esencialmente errante de los frailes. Para la mayoría de las autoridades eclesiásticas la vida religiosa adecuada para las mujeres era el enclaustramiento en un convento donde podían estar a salvo de las distracciones y las tentaciones del mundo.

A lo largo de la Edad Media hubo modas en las órdenes religiosas, como las había en el vestido o en los estilos de construcción de castillos[1].

La vida cotidiana de una monja en la Edad Media

  La vida cotidiana de las monjas en un convento medieval giraba en torno a tres votos fundamentales: pobreza, castidad y obediencia.

La vida de las monjas medievales se dedicó a la oración, la lectura y el trabajo en el convento. Además de su asistencia a la iglesia, las monjas pasaban varias horas rezando y meditando. Pese a que las mujeres en la Edad Media no solían recibir ninguna educación, en ocasiones a las monjas se les enseñaba a leer y escribir. La educación de las monjas estuvo muy regulada por la jerarquía eclesiástica.



Las tareas de las monjas en el convento eran bastante variadas:
-        Lavar y cocinar para el convento.
-        Cultivo de verduras y grano.
-        Producción de vino, cerveza y miel.
-        Proporcionar atención médica a la comunidad.
-        Proporcionar educación a las novicias.
-        Hilar, tejer y bordar.
-        Iluminación de manuscritos.
No todas las monjas tenían unas tareas tan duras en el convento, ya que las monjas pertenecientes a familias de la nobleza solían tener trabajos más ligeros como el hilado, el bordado o la costura. También había mujeres laicas que eran las hermanas legas, las cuales se encargaban de los trabajos manuales junto con las monjas.

Las monjas ocupaban diversos cargos dentro del convento o monasterio, algunos de los puestos más importantes fueron:
-        La abadesa, que estaba a la cabeza de la abadía, era elegida por los miembros de la comunidad muchas veces de por vida y otras, durante un período de tres o cuatro años, dependiendo de la orden.
-        La limosnera era una monja encargada de distribuir limosnas a pobres y enfermos.
-        La bolsera era la monja encargada de supervisar el aprovisionamiento de suministros al monasterio.
-        La enfermera, la monja encargada de la enfermería y de cuidar a los otros miembros enfermos del convento.
-        El sacristán era la monja responsable del depósito de libros, vestiduras y materiales para el mantenimiento del convento.
-        La priora en un convento era la diputada de la abadesa o también la superiora de un convento que no tenía condición de abadía.

La rutina diaria de las monjas estaba regida por el Libro de las Horas, este fue el libro de la oración principal y se dividía en ocho secciones u horas, que estaban destinadas a ser leídas a determinadas horas del día en el convento.



Cada sección contenía oraciones, salmos, himnos y lecturas destinadas a ayudar a las monjas a asegurarse la salvación. Cada día estaba dividió en ocho, comenzando y terminando con rezos en la iglesia del convento. Estos fueron los tiempos especificados para el rezo del oficio divino, que es el término utilizado para describir el ciclo de las devociones diarias. Los tiempos de estas oraciones recibieron los siguientes nombres:
-        Laudes era el servicio de la mañana, aproximadamente a las 5 a.m.
-        Maitines era el servicio de la noche recitado a las 2 a.m.
-        Prima era el servicio de las 6 a.m.
-        Tercia era la segunda de las Horas Menores del Oficio divino, recitada a la tercera hora (9 a.m.).
-        Sexta era la tercera de las Horas Menores del Oficio divino, recitada a la hora sexta (mediodía).
-        Nonas era la cuarta de las Horas Menores del Oficio divino, recitada a la hora novena (3 p.m.).
-        Vísperas era el servicio de la tarde del oficio divino recitado antes del anochecer (16:00-17:00).
-        Completas era el último de los servicios del día del oficio divino, recitado antes de que las monjas se retiraran a sus respectivas celdas (18:00).
Las monjas tenían que dejar el trabajo que estaban realizando para asistir a los servicios diarios[2].

La ropa de las monjas en la Edad Media
  El color de los hábitos y el nombre que recibían dependían de la orden a la que pertenecieran. Las primeras monjas benedictinas llevaban hábitos blancos o grises. Sin embargo, el paso del tiempo convirtió al negro en el color predominante de los ropajes. Otras monjas medievales adheridas a otras órdenes más estrictas que la benedictina llevaban simples ropajes de lana para proclamar su pobreza. Estos ropajes solían ser de color marrón o blanco grisáceo.



  Cada monja tenía dos hábitos, dos tocas y dos velos, un escapulario, un par de zapatos y unas medias. El hábito adicional permitía el cambio en caso de lavado del otro. Las prendas que solían formar el uniforme de las monjas era:
-        El hábito atado a la cintura mediante un cinturón de tela o cuero.
-        La escápula, iba encima de la túnica. La escápula era una pieza larga de lana que se colocaba sobre los hombros, tenía una apertura para la cabeza. La parte frontal de la escápula iba fijada con un trozo de tela rectangular.
-        La toca y el velo que iban unidos a la escápula.
-        Los cilicios, algunas monjas extremas se impusieron el sufrimiento mediante cilicios colocados bajo sus hábitos.
-        Algunas monjas también llevaban una cadena con una cruz al cuello.

Al entrar en el convento, las monjas solían raparse la cabeza y después la ocultaban con la toca o el velo[3].

Bibliografía
Wade Labarge, M. (1986): La mujer en la Edad Media, Madrid

Recursos electrónicos
http://www.middle-ages.org.uk/daily-life-nun-middle-ages.htm





[1] WADE LABARGE, M. (1986): La mujer en la Edad Media, Madrid, pp. 131-147.

[2] http://www.middle-ages.org.uk/daily-life-nun-middle-ages.htm
[3] http://www.middle-ages.org.uk/nuns-clothes-middle-ages.htm


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LOS AVANCES TECNOLÓGICOS EN LA AGRICULTURA Y SU INFLUENCIA EN LA SOCIEDAD MEDIEVAL
                                          
 Aguas Santas Barrada Rodríguez



Desde el Período Neolítico hasta hace más o menos dos siglos, la agricultura ha sido la base de casi todas las demás ocupaciones del hombre. Antes de fines del siglo XVIII probablemente no existía ninguna comunidad establecida en la que por lo menos nueve décimas partes de la población no estuviesen directamente dedicadas a tareas rurales. Gobernantes y sacerdotes, artesanos y mercaderes, eruditos y artistas, formaban una minúscula minoría de la humanidad que descansaba sobre los hombros de los campesinos. Dadas estas circunstancias, cualquier cambio perdurable en el clima, fertilidad del suelo, tecnología o demás condiciones que afectaban a la agricultura, podían modificar a la sociedad entera: población, riqueza, relaciones políticas, tiempo libre y expresión cultural.

El arado y el sistema solariego



El arado significó la primera aplicación de energía no humana a la agricultura. El arado más antiguo consistió esencialmente en un grueso palo excavador, arrastrado por un par de bueyes. Pero este tipo de arado y de cultivo no resultaba muy adecuado en muchas zonas del Norte de Europa. Esa zona europea tuvo que crear una nueva técnica agrícola y, antes que nada, un nuevo tipo de arado.

A diferencia del arado liviano, el arado pesado tiene tres partes funcionales. La primera es una reja o cuchilla pesada, insertada en el travesaño o "cama” del arado, que corta los terrones hundiéndose en ellos verticalmente. La segunda es una reja chata que forma ángulo recto con la anterior y que corta a ras la tierra, horizontalmente. La tercera es una vertedera destinada a rebatir los terrones hacia la derecha o la izquierda, según su posición.

  La agricultura en la Europa septentrional, reunía tres ventajas:

* El arado  pesado era una máquina agrícola que reemplazaba energía y tiempo humano por energía animal.
  * El nuevo arado tendió a modificar la forma de los campos en el Norte de Europa, que pasaron a ser alargados y estrechos, con un corte vertical ligeramente redondeado en cada franja, lo que contribuía eficazmente al mejor avenamiento de los campos en aquel clima húmedo.
  * Sin este arado resultaba difícil explotar las densas y ricas tierras bajas de aluvión.

  El ahorro de mano de obra campesina, junto con las mejoras introducías, se combinaron para expandir la producción y facilitar esa acumulación de excedentes de alimentos que presuponen el crecimiento demográfico, la especialización de funciones, la urbanización y el aumento del tiempo libre.

Pero el arado pesado, según Bloch: desempeñó un papel decisivo en la remodelación de la sociedad campesina del Norte. El solar (manor) como comunidad cooperativa agrícola fue característico de regiones donde se utilizaba el arado pesado y parece haber existido una relación causal entre arado y solar.

El utillaje agrícola



Todo parece indicar que el utillaje agrícola no varió sustancialmente desde la caída del Imperio Romano de Occidente hasta el siglo XVIII, con excepción del arado, sin embargo, este utillaje sí conoció algunos perfeccionamientos significativos, lo que se encuentra en relación con una creciente utilización del hierro en su elaboración.

Para la siega se utilizaban la hoz y la guadaña. El trabajo de la hoz era más lento y pesado que el de la guadaña, pero tenía sobre ésta la ventaja de que, una vez concluida la siega, el ganado podía alimentarse con el tallo que aún permanecía en el suelo. La guadaña estuvo ligada, generalmente, a la siega del heno de los prados.

El instrumental para la recolección se completaba con algunos útiles que facilitaban el manejo del grano y de la paja, como rastrillos, horcas y bieldos, realizados enteramente de madera.

 Por último, la trilla se realizaba mediante el pisoteo de las espigas por parte de una pareja de bueyes o de caballos o, más frecuentemente, con el mayal.

El instrumental agrícola de época carolingia era en su práctica totalidad de madera, siendo sólo de metal las hojas de las hoces y guadañas y de las hachas. Esta circunstancia era la causa principal de que muchas tierras permanecieran incultas, ya que el utillaje de madera no podía vencer la resistencia de los suelos húmedos y pesados.
 
Normalmente eran los propios campesinos quienes elaboraban los útiles de madera (mayales, horquillas, bieldos) y los accesorios de este material (mangos), obteniendo la materia prima en los bosques comunales.

Para las tareas de cava y de laboreo de los suelos se utilizaban, principalmente, azadas, legones, palas, layas y gradas, además del arado, que era el útil de trabajo de la tierra por excelencia.

La grada o rastrillo era utilizada para la preparación de los campos para la siembra y para cubrir la simiente. Sin embargo, al ser un instrumento caro, a lo largo de la Edad Media sólo fue utilizada con regularidad en algunas comarcas de la Europa occidental.

El descubrimiento del “caballo de fuerza”
  La vasta aplicación del arado en Europa septentrional no fue más que el primer aspecto importante de la revolución agrícola en la Alta Edad Media. El segundo paso consistió en la creación de un arnés que, junto con la herradura de clavos, convertiría al caballo en una ventaja tanto económica como militar.

En el siglo XI las ventajas de la herradura debían de ser tan notorias para el campesino como para el señor y que los campesinos podían costear el hierro necesario para aquella. Pero aún el caballo herrado era de escasa aplicación para trabajos de arada o de transporte.

El arnés moderno consiste en una rígida collera almohadillada que descansa sobre los hombros del caballo de manera que le permite la libre respiración. Esta collera va unida a la carga, ya sea mediante tirantes laterales o por medio de varas, de suerte que el caballo puede contribuir con todo su peso a la fuerza de tracción.

No sólo el trabajo de la arada, sino también la velocidad y los gastos del transporte terrestre se modificaron profundamente en favor de los campesinos al introducirse el nuevo arnés y las nuevas herraduras con clavos. Entonces comenzaba a brindárseles la posibilidad de pensar menos en función de subsistencia y más en un excedente de cosechas rentables.

Ya muy avanzada la Edad Media, esa “urbanización” de los trabajadores agrícolas echó las bases para un cambio de foco de la cultura occidental, que se desplazó del campo a la ciudad y que ha sido tan notorio en siglos recientes.

Son evidentes las ventajas personales de tal concentración: un caserío compuesto de cinco a diez casas llevaba una vida restringida. En una gran aldea no sólo se contaría con una mejor defensa en caso de emergencia, sino que además habría una taberna, una iglesia, en ocasiones una escuela, y con toda seguridad más pretendientes para las hijas, y, en vez de buhoneros con sus fardos, mercaderes con carretas y noticias de lugares distantes.

La rotación de tres campos y el mejoramiento de la nutrición
El sistema de rotación de las cosechas en tres campos ha sido calificado como “la más destacada novedad agrícola de la Edad Media en Europa Occidental” que aparece bruscamente a fines del siglo VIII.

Ciertos productos se cosechan en verano y debían sembrarse en primavera, pero la misma lista de esos productos-mijo, panizo, ajonjolí, salvia, berro de invierno, lentejas, garbanzos, alica- comparada con su lista de productos de invierno-trigo, espelta, cebada, habas, nabos y nabas-, demuestra la escasa importancia que tenía la siembra de primavera.

Donde regía el plan de tres campos, la tierra labrantía se dividía aproximadamente en tercios. En la primavera siguiente se sembraban, en el segundo campo, avena, cebada, guisantes, garbanzos, lentejas o habas. El tercer campo se dejaba en barbecho. Al año siguiente, en el primer campo se sembraban cultivos de verano, el segundo campo se dejaba en barbecho y en el tercero se sembraban granos de invierno.
En los siglos VIII, IX y X se hacían solamente tres aradas durante el ciclo total de tres años. Pero hacia el siglo XII, a más tardar, tanto en el sistema de dos campos como en el de tres se había comprobado la ventaja de arar dos veces la tierra en barbecho, a fin de impedir el crecimiento de malezas y mejorar la fertilidad. La difusión del sistema trienal dio entonces gran impulso a la roza: se talaron bosques, se desecaron pantanos y los diques rescataron tierras ganadas al mar.

El nuevo plan de rotación, brindaba varias ventajas. En primer lugar, aumentó en un octavo la superficie que un campesino podía cultivar e incrementó su productividad en un 50 %. Segundo, el nuevo plan distribuyó más uniformemente a lo largo del año los trabajos de la arada, siembra y recolección, aumentando así el rendimiento de la labor. En tercer lugar, redujo considerablemente la probabilidad de hambruna al diversificar los cultivos y al someterlos a diferentes condiciones de germinación, crecimiento y siega. Pero la cuarta ventaja, acaso la más significativa, consistió en que la siembra de primavera, aspecto esencial de la nueva rotación, multiplicó sensiblemente la producción de ciertos cultivos que revestían especial importancia.

La extensión de los molinos en la agricultura



La Edad Media constituyó una etapa capital en la historia de las conquistas de las fuentes de energía: fue la época en que los hombres aprendieron a dominar la fuerza hidráulica para hacer de ella la auxiliar de su trabajo. En este sentido, la difusión del molino de agua, con sus numerosas aplicaciones, representó una revolución técnica de gran alcance.

Fue en el alba de la Edad Media cuando el molino de agua comenzó a difundirse en las campiñas de Europa Occidental. Pero, hasta comienzos del siglo X , aproximadamente, su difusión fue muy lenta. El gran avance se produjo entre los siglos X y XII.

La revolución agrícola en la Alta Edad Media se limitó a las llanuras del Norte, donde el arado pesado resultaba adecuado para los suelos ricos, donde las lluvias de verano permitían una abundante siembra de primavera y donde la cosecha de verano servía de alimento a los caballos que debían tirar del arado pesado. En esas llanuras se desarrollaron las características distintivas del mundo de la última época medieval y del mundo moderno. Los mayores beneficios que el campesino del Norte obtenía de su labor elevaron su nivel de vida y, por consiguiente, su capacidad adquisitiva de productos manufacturados. Esto le proporcionó excedentes de alimentos que, desde el siglo X en adelante, permitieron a su vez una rápida urbanización. En las nuevas ciudades surgió una clase de artesanos especializados y mercaderes, los “burgueses”, que pronto lograron alcanzar el dominio de sus comunidades y crearon una forma de vida nueva y características: el capital democrático. Y en este nuevo contorno germinó el rasgo predominante del mundo moderno: la tecnología de la fuerza mecánica.

Bibliografía
BONNASSIER, P. (1983): Vocabulario básico de la Historia Medieval. Barcelona.
CANTERA MONTENEGRO, E. (1997): La agricultura en la Edad Media. Madrid.
WHITE, L. (1973): Tecnología medieval y cambio social. Buenos Aires.

Recursos electrónicos






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LOS MONASTERIOS DOBLES EN LA EDAD MEDIA

Ana Sánchez Delgado

Los monasterios dobles existieron desde el principio de la Edad Media tanto en Oriente como en Occidente. Estos monasterios atravesaron por vicisitudes inspiradas en principios contrapuestos, cosa natural teniendo en cuenta su evidente dificultad intrínseca. A veces no sólo se los fomentó sino que incluso se hizo de ellos piedra angular de ciertas concepciones, algo muy significativo en el seno de algunas de esas reformas que buscaban mayor austeridad y fidelidad a las fuentes, como las de los siglos XI y XII. Otras veces no solamente se los vio con recelo sino que se los llegó a vetar como en el Derecho Justinianeo. A partir de la Baja Edad Media es cuando este tipo de monasterios va decayendo hasta constituir un vestigio del pasado, surgiendo ahora el monacato de las mujeres[1].



Destacaremos dos ejemplos claros de monasterios dobles que tuvieron grandes influencias en la Europa medieval a partir del siglo XII.

El primero de ellos fue el fundado por Gilberto, párroco de Sempringham, en el Lincolnshire meridional, en 1139. Este monasterio doble seguía la regla benedictina. La iglesia se encontraba entre las sedes respectivas de cada sexo, la cual tenía un coro para ellos y otro para ellas, aunque los hombres contaban con su propio oratorio. Ellos tenían la condición de canónigos y seguían por eso la regla agustiniana. Durante el siglo XIII llegó a haber unos once monasterios dobles en los límites geográficos de Lincolnshire.

Las precauciones para evitar los contactos de las monjas y los canónigos eran muy visibles, no sólo por las rejas y los clavos, sino también mediante ciertos muebles giratorios. El alto muro divisorio tenía una apertura para oír las confesiones, y otra hacía de locutorio para las visitas. Además había una puerta de servicio, por donde las monjas pasaban a los canónigos la comida y se hacían cargo de su ropa para la reparación y lavado. Los legos adquirían para las monjas las provisiones necesarias. Los canónigos sólo entraban en la clausura para dar los últimos sacramentos a las moribundas. La vida interna y las obligaciones conventuales eran las mismas para ambos sexos.

Había, como en el Císter, un capítulo general anual, al que asistían incluso las monjas, algo sorprendente para la época. Al capítulo iban las prioras  y las cilleras o mayordomas de las monjas y los priores y vicarios de los canónigos. Pero el dato más extraño de su organización era la figura del llamado maestro, quizás instituido por Gilberto a imitación del de los templarios. Tenía unos poderes de inspección general, siendo necesario su asentimiento para la admisión de las novicias a la profesión y los gastos que sobrepasaran cierta cuantía.

En cuanto a la vestimenta, las monjas llevaban el hábito benedictino negro y se ponían una capucha blanca para el coro. Los canónigos vestían de blanco, con túnica, manto y capucha, y sus largas calzas y zapatos eran de cuero rojo. Los legos vestían con túnicas blancas y mantos grises forrados de piel.

Los gilbertinos y gilbertinas gozaron de una popularidad y estima poco comunes, ya que fueron respetados incluso por los críticos más acerbos de las órdenes religiosas coetáneas, como Gerardo de Gales y el goliardesco Walter Map. La orden fue suprimida a mediados del siglo XVI, concretamente en el año 1539.

El segundo ejemplo lo encontramos en los monasterios fundados por Brígida de Suecia, que fue la única fundadora de la única orden monástica mixta en Escandinavia, aunque con mayoría femenina.

Los monasterios brigitinos ideales debían tener sesenta monjas sometidas a la autoridad de la abadesa, que representaba a la Virgen, y veinticinco monjes gobernados por el llamado confesor general, quien a su vez representaba a San Pedro. De ellos trece serían sacerdotes apóstoles que se dividirían en cuatro diáconos y ocho hermanos legos. La abadesa era la administradora de todo el monasterio, sin excluir la parte de los hombres. El confesor general tenía a su cargo lo espiritual del conjunto, incluidas las monjas, pero era superior nada más que de los monjes. La sumisión al obispo diocesano paliaba la posible falta de coordinación entre el confesor y la abadesa.

Había capítulos mixtos para tratar las cuestiones más comunes y graves y también para elegir a la abadesa y al confesor general, siendo el lugar de celebración la parte oeste del coro masculino. La iglesia era común, pero los varones y las mujeres recitaban el oficio aparte, cada uno en su coro, siendo además distinto el texto: para ellos el diocesano, para ellas el de la Virgen, llamado Cantus soporum. En él las lecciones de los maitines estaban sustituidas por el que se denominaba Sermón angélico de las excelencias de la Virgen que un ángel dictó a Brígida, dividido semanalmente en veintiún secciones, o sea, tres para cada día. En el coro masculino había trece altares, cada uno de ellos situado dos gradas más bajo que el inmediato y todos mirando al altar mayor. Cada sacerdote tenía el suyo y podía decir en él la misa rezada a diario. La solemne tenía lugar en el altar mayor. El coro de las monjas estaba al este, coincidiendo con el de entrada del pueblo, y en él tenía que haber al menos dos altares: el de la Virgen para la misa solemne de ellas, al que el celebrante tenía que subir por una escalera, y el de Santa Brígida, para los fieles, fuera de la clausura, por lo cual podían celebrar en él únicamente los sacerdotes seculares. Al norte y al sur había otros dos altares, dentro de la clausura, para los profesos diáconos que hubieran llegado a ordenarse presbíteros. Los demás altares fueron sede de fundaciones y capellanías de misas, a cargo del clero secular o de los capellanes del monasterio.

La clausura de los monjes estaba muy cuidada, teniendo que confesar desde el interior de ella a través de una reja, la cual también existía para su predicación, incluso en los casos en que ésta tenía lugar al aire libre. También se fomentaron las peregrinaciones.

En cuanto a la vestimenta, los trece sacerdotes llevaban cosida al manto, a la izquierda, una cruz roja de paño, y en medio de la cruz, un pequeño trozo de paño blanco, en recuerdo del misterio del cuerpo de Cristo que inmolan todos los días. Los cuatro diáconos llevaban sobre el manto un redondel blanco para indicar la incomprensible doctrina de los cuatro Doctores que personifican. En ese círculo se cosían cuatro pedacitos rojos en forma de lengua, para que el Espíritu Santo los inflame cuando mediten en las excelencias de la divinidad. Los hermanos legos llevaban sobre el manto una cruz blanca para recordar la inocencia. En la cruz había cinco pedacitos rojos en veneración de las cinco llagas de Cristo.

El color es gris para todos. Las monjas llevaban sobre él una esclavina que les cubría la cabeza y caía por la espalda hasta la cintura. Sobre ella, rodeando las cabezas, había una circunferencia de cintas blancas con su diámetro. Ésta es la pieza que a la postre permaneció como la característica brigitina más destacada[2].

Bibliografía
MITRE FERNÁNDEZ, E. (2004): Historia del cristianismo. II. El mundo medieval. Madrid.




[1] MITRE FERNÁNDEZ, E. (2004): Historia del cristianismo. II. El mundo medieval. Madrid, pp. 469.

[2] MITRE FERNÁNDEZ, E. (2004): Historia del cristianismo. II. El mundo medieval. Madrid, pp. 467-471.



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EL MERCADO EN LA EDAD MEDIA

Noemí Raposo Gutiérrez

A pesar de considerar tradicionalmente la época medieval como un momento de crisis es durante Plena Edad Media cuando se pone de manifiesto un importante renacimiento agrario, mercantil y urbano, por lo que se manifiesta con fuerza una importante revolución comercial y se definen nuevas áreas comerciales, se abren más mercados y ferias y se ponen en circulación nuevas y más potentes monedas suponiendo con ello un crecimiento de las ciudades[1].

La comercialización de productos era la razón de ser de la ciudad medieval, esta actividad tenía lugar en una ubicación distinta según el tipo de ciudad. En las ciudades de crecimiento orgánico el mercado ocupaba una plaza destinada a este único fin, situada normalmente en el centro urbano o en sus inmediaciones y poseían un carácter netamente comercial, donde los vendedores exponían sus productos más cómodamente[2]. En las ciudades planeadas el mercado se sitúan en el ensanchamiento de la calle principal rodeado por calles en sus cuatro lados. En la Europa continental era usual que los edificios que rodeaban la plaza tuvieran la misma altura y estuvieran unidos en la planta baja mediante soportales, bajo los cuales las calles se prolongaban frecuentemente a lo largo de la plaza. Es característico que la mayoría de las plazas tuvieran mercados cubiertos, a veces en dos plantas.



Las labores comerciales y artesanales desarrolladas en las calles determinaban, en gran medida, el paisaje urbano de la época y hacían de dichas vías un mercado permanente. Las tiendas y talleres adquirieron hacia la calle una disposición particular rodeadas de largos bancos de piedra o de madera, mostradores de uso comercial donde se exponían los productos para su venta. El sistema, extendido por toda Europa occidental, presentaba la ventaja de facilitar la compra al cliente, pero llevaba aparejados problemas como podían ser el robo fácil y la obstaculización del tránsito viario. Ciertas profesiones llegaron incluso a colocar en plena vía pública sus materias primas como los útiles, banquetas, perchas para secar paños, pieles, etc. y realizaban allí diversas operaciones.

A esto habría que añadir la presencia de tenderetes y puestos ambulantes que cada día, y especialmente en los de mercado eran colocados en las principales calles de la ciudad por un nutrido grupo de campesinos y pequeños comerciantes que, eventualmente, iban a vender los productos por ellos mismos elaborados. Vendedores que llevaban su carga sobre los animales o sus hombros, y vendían en pequeños caballetes de tabla o en el suelo que cada día surtían a la ciudad de legumbres, leche, hierbas medicinales o pescado.



Es lógico pensar que todo este mundo colorido, abigarrado y carente de una reglamentación bien definida provocara multitud de problemas circulatorios en las calles más importante y concurridas de las ciudad y obligará a la justicia municipal a intervenir en reiteradas ocasiones para tratar de conservar el buen estado de los pavimentos y la calzada y la libre circulación de hombres, animales y carros por el casco urbano[3].

Los mercados eran reuniones semanales, quincenales en algunas ocasiones, que se limitaban a un día, o incluso medio. Por lo tanto, las reuniones semanales estaban volcadas a satisfacer el comercio intrarregional o interior destinados a los artículos de primera necesidad, sobre todo alimentos y productos de artesanía elaborados por los campesinos. Pero ello no impide que aparecieran otro tipo de mercaderías como los denominados productos de lujo como eran los productos extranjeros o los escabeches, pescados frescos y ultramarinos. Además de ello, también se daba el comercio ganadero en una triple vertiente: equino, caprino y porcino[4].Estos productos eran trasladados desde la distancia, a menudo a través del agua, para abastecer a los mercados rurales y urbanos. Todos los grandes propietarios de tierra estaban presentes en los mercados urbanos.



Como ya hemos comentado, los mercados semanales estaban destinados a las necesidades locales, ya que con la falta de un mercado estable, de lunes a domingo, las ciudades no se abastecían de frutas, caza, aves, verduras, huevos e incluso de algunos productos manufacturados. Esta presencia del mercado está bien documentada en las ciudades de italianas, las cuales se abastecían diariamente de bienes como pescado, carne, etc. Sin embargo, la demanda del mercado urbano no solo estaba dedicada a los productos alimenticios, sino también a la demanda de productos para la industria, tales como colorantes[5].

En las transferencias de bienes en el mercado el instrumento de cambio era la moneda, la más utilizada era la de vellón, que era la moneda de los intercambios cotidianos como pan, vino, leche, etc. y la moneda de plata era la utilizada por los mercaderes y para las transacciones en el mercado.[6]



El mercado era un lugar muy vigilado, por lo que existía un oficial o inspector del mercado, que recibía el nombre de almotacen, el cual se encargaba de la política de pesos y medidas del mercado y por el cargo que ocupaba se le reconocían ciertos derechos.

Una de las máximas del mercado medieval era la prohibición de la reventa. Gran cantidad de preceptos, en reglamentos y ordenanzas, proclaman la perseverante preocupación de las autoridades para que el abastecimiento de todas las mercancías precisas, y sobre todo de las subsistencias, llegaran siempre a los vecinos y moradores directamente de los productores, o de los encargados de la venta designados por el consejo, y así eliminan a intermediarios particulares.

El deber del comerciante en las ciudades medievales radicaba en la obligación de proveer a los habitantes sujetándose en los principios normativos. De esta política surgió una de las instituciones mercantiles más conocida, que obligaba a los mercaderes transeúntes a detenerse en la ciudad durante cierto tiempo y a que, sólo al expirar el plazo indispensable para el aprovisionamiento, pudieran retirar las mercancías no vendidas. El mismo principio obligaba a los vendedores locales a no cerrar sus tiendas mientras tuviese mercancía en venta y fueran demandadas. Para lograr el fiel cumplimiento de los preceptos referentes a la prohibición de la reventa y a la demanda del precio justo, el almotacen percibía caza en los frecuentes casos de infracción.

Tuvo también a su cargo la corrección de todas las faltas cometidas en la venta de mercancía mezclada y adulterada, así como en la manipulación del peso de los productos. Por último, el almotacén se encargaba de que se cumplieran las normas de higiene y el aseo urbano en el mercado.

Aparte de estas manifestaciones del gran comercio y de los tenderos ligados a aquel, existía un comercio ambulante de menor escala, ejercitado por los llamados regateros o regatones que negociaban al menudeo. Se trataba de gente que compraba a productores o almacenistas su mercancía una vez abastecida la ciudad, después de las obras de mercado, a más bajo precio que el ordinario, con intención de venderla a los consumidores, especialmente a quienes no pudieron acudir al mercado[7].

En conclusión, los mercados han ido evolucionando a lo largo de la historia, desde simples mercadillos hasta grandes mercados, que incluso algunos llegaron a formar ferias anuales, que se celebraban en las grandes e importantes ciudades. Estos mercados constituían una red comercial, que desembocaba en las ciudades y en las zonas rurales, para el abastecimiento de los ciudadanos. Fue un lugar muy cosmopolita, donde se reunían una gran cantidad de comerciantes y mercaderes de diversas regiones para intercambiar productos. Por ello el mercado fue un lugar muy importante en la vida de la Edad Media.


Bibliografía:

CHERUBINI, G. (1994): “Il mercato nell’Italia medievale”. Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medieval, 10, pp. 35-46.
CÓRDOBA DE LA LLAVE, R. (1994): “Las calles de Córdoba en el siglo XV; Condiciones de higiene”. Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medieval, 10, pp. 125-168.
COVARRUBIAS, I (2004): La Economía Medieval y la emergencia del capitalismo.
MEDIANERO HERNÁNDEZ, J. Mª (2004): Historia de las formas urbanas medievales, Sevilla, Universidad de Sevilla.
PÉREZ ÁLVAREZ, Mª J. (1998): Ferias y mercados en la provincia de León durante la Edad Moderna, León.
Recursos electrónicos
es.wikipedia.org





[1] COVARRUBIAS, I (2004): La Economía Medieval y la emergencia del capitalismo, pp. 36.
[2] MEDIANERO HERNÁNDEZ, J. Mª (2004): Historia de las formas urbanas medievales, Sevilla, pp. 74.
[3] CÓRDOBA DE LA LLAVE, R. (1994): “Las calles de Córdoba en el siglo XV: condiciones de circulación de higiene”. Anales de la universidad de Alicante. Historia medieval, 10, pp. 125-168.
[4] PÉREZ ÁLVAREZ, Mª J. (1998): Ferias y mercados en la provincia de León durante la Edad Moderna, León, pp. 28-40.
[5] CHERUBINI, G. (1994): “Il mercato nell’Italia medievale”. Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medieval, 10, pp. 35-46.
[6] COVARRUBIAS, I (2004): La Economía Medieval…, pp. 75.
[7] CARANDE, R. (1982): Sevilla, fortaleza y mercado. Las tierras, las gentes y la administración de la ciudad en el siglo XIV, Sevilla, Diputación provincial de Sevilla, pp. 119-125.

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